Cuando las personas se convierten en números

Cuando una gran empresa se propone triplicar sus beneficios en un plazo de tiempo tremendamente ambicioso, manejando términos como BAI, ROACE y similares, empieza de inmediato el camino de su deshumanización.

La experiencia y la sabiduría de sus trabajadores dejan de ser importantes y el objetivo principal de la dirección es el aumento progresivo de las ganancias netas, olvidando el esfuerzo empleado por muchos para mantener el motor en marcha durante largos años.

Es entonces cuando la reforma laboral impuesta por nuestro actual gobierno de derechas es exprimida al máximo.

Sin necesidad de dar explicaciones, la corporación prescinde de los servicios de quienes en su opinión no contribuyen suficientemente a generar riqueza, ya sean empleados o subcontratados de larga duración. Estos despidos se realizan como un goteo, muy poquito a poco, midiendo cuidadosamente la cantidad de personas eliminadas en cada tanda, es decir, a modo de ERE encubierto.

Se impone la movilidad geográfica a cientos de personas sin darles opción de elegir, y todo el mundo sabe que, en el fondo, se trata de una medida de presión para empujar a que abandone “voluntariamente” la empresa todo aquél que se niegue a cambiar de ciudad. Carecen de importancia las circunstancias personales y familiares de cada cual, la conciliación se convierte en una palabra hueca.

A algún gurú sin escrúpulos se le ocurre implantar un sistema de evaluación del desempeño injusto y leonino, manipulado por los mandos sin ninguna objetividad, por el cual cada trabajador es incluido en un cajón determinado: Pelota – Bueno – Mediocre – Malo – Prescindible. Como si se tratase de fichas de colores en un juego de mesa macabro, cuyas consecuencias producen escalofríos a cualquiera que tenga un mínimo de sensibilidad.

Y se decide crear un grupo de personas que prestan servicio a los demás, sugiriendo de forma subrepticia que son las más torpes y sin valor añadido para la empresa, escogiéndolas de la manera más arbitraria y separándolas del resto, para que se sientan como repuestos de máquinas totalmente sustituibles.

El resultado de todo este proceso es que las personas se convierten en un número a ojos de la empresa que las contrata. Los convenios colectivos no garantizan ni la más mínima seguridad a medio y largo plazo, llegando a pensar la inmensa mayoría de los trabajadores “Virgencita, que me quede como estoy”.

Amargaquemada

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